sábado, 2 de julio de 2011

Cuatro Cuartetos (V) - T. S. Eliot

Las palabras se mueven, la música se mueve
sólo en el tiempo; pero lo que está sólo vivo
sólo puede morir. Las palabras, después del habla, tienden
al silencio. Sólo por la forma, la estructura,
pueden las palabras o la música alcanzar
la calma, como un jarrón chino sigue
moviéndose perpetuamente en su calma.
No la calma del violín, mientras dura la última nota,
no eso sólo, sino la coexistencia,
o, digamos, que el fin precede al comienzo,
y el fin y el comienzo siempre estuvieron ahí
antes del comienzo y antes del fin.

Y todo es siempre ahora. Las palabras se esfuerzan,
se agrietan y a veces se rompen, bajo la carga,
bajo la tensión, resbalan, se deslizan, perecen,
se deterioran de imprecisión, no se quedan en su sitio,
no se quedan quietas. Voces chillonas
regañando, burlándose, o meramente charloteando,
las atacan siempre. La Palabra en el desierto
es atacada sobre todo por voces de tentación,
la sombra que grita en la danza funeral,
el ruido lamento de la quimera desconsolada.

El detalle de la estructura es movimiento,
como en la figura de las diez escaleras.
El deseo mismo es movimiento
no deseable en sí mismo;
el amor mismo no es móvil,
sólo la causa y el fin del movimiento,
sin tiempo, y sin deseo
excepto en el aspecto de tiempo
captado en la forma de limitación
entre des-ser y ser.
De repente en un dardo de luz del sol
aun mientras se mueve el polvo
se levanta la risa escondida
de niños entre el follaje
deprisa ahora, aquí, ahora, siempre-
ridículo el baldío de tiempo triste
extendiéndose antes y después.

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