sábado, 9 de abril de 2011

Las Cinco Dádivas del Hada - M. Twain (4/5)

- Vuelve a elegir.
Era la voz del Hada. 

- Me quedan dos presentes que ofrecerte. No te aflijas. Todavía puedes elegir el más precioso. Nadie se lo ha apropiado.

- Venga, la Riqueza, que es poder - gritó el hombre-. Sí; venga a mí la Riqueza. Debí estar ciego cuando no la elegí desde el primer instante. Ahora tendrá la vida para mí algún significado. Ahora la vida será digna de vivirla. Derrocharé el oro, dispararé mis bienes, deslumbraré con mis pedrerías. Los miserables gusanos que se burlaban de mí y me despreciaban, tendrán que adorarme desde el cieno en que se arrastran. Y me gozaré de su humillación. Tendré todas las comodidades del lujo, todos los placeres, todos los goces del espíritu y todas las satisfacciones de la carne. Compraré, sin regateos, la deferencia, el respeto, la estimación, los honores y, en suma, todo el oropel que lanza al mercado social la humanidad estúpida. Ciertamente he perdido mi tiempo antes de ahora. Elegí siempre desatinadamente, sin duda, por mi falta de experiencia. Hoy es otra cosa.

Tres años más tarde, el hombre se estremecía de frío y de hambre en una sórdida buhardilla. Estaba flaco, descolorido, ojeros y en harapos. Mientras roía un mendrugo, musitaba:
- ¡Malditos sean mil veces los dones de la vida!... Todos ellos son una cruel burla y doradas mentiras. ¿Los llamé dones? Hice mal; no son dádivas, sino simples préstamos usurarios: Placer, Amor, Gloria y Riqueza son, en suma, los disfraces temporales de estas cuatro realidades eternas: Dolor, Desengaño, Oprobio y Miseria. El Hada habló la verdad: en el dorado cestillo solo había una dádiva preciosa, un a dádiva inapreciable... Al lado de ella, todas las demás son inmundas baratijas. ¡Venga a mí ese último presente, a cuya posesión sigue el adormecimiento definitivo del dolor que atenacea el cuerpo, y de las aflicciones y vergüenzas que roen el corazón y el espíritu... ¡Venga a mí esa dádiva postrera!... Estoy cansado y quiero dormir sin tregua.

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